Un diálogo con Sarah Bienzobas (Ministerio de Trabajo y Economía Social), por Ivan Olmos

Del pueblo, con el pueblo, para el pueblo

La trayectoria de Sarah Bienzobas no responde a una vocación temprana ni a un plan académico establecido. Se ha construido en movimiento, atravesando espacios distintos pero conectados por un mismo hilo: estar donde las decisiones afectan a la gente. De los centros sociales de barrio a la génesis de Podemos, del Ayuntamiento de Madrid al Ministerio de Trabajo y Economía Social, su recorrido combina militancia, gestión pública y comunicación institucional.

Antes de mediar entre agencias y administración, aprendió a hacerlo entre vecinos y despachos. Esa experiencia —más práctica que teórica— ha marcado su manera de entender el diseño no como ornamento, sino como herramienta para hacer legible lo público y generar identificación en un momento en que lo institucional oscila entre la prudencia y la inercia burocrática.

Con ella hablamos de comunidad, de cómo sostener una idea dentro de estructuras rígidas y del margen real que todavía tienen las instituciones para reconectar con una ciudadanía en plena deriva.

I:

No encontraste una vocación clara, pero sí un lugar donde estar. ¿Cuándo intuiste que tu trayectoria no iba a pasar por una carrera lineal, sino por aprender haciendo?

S:

Llegué a la carrera y no me vi cinco años ahí. Mientras tanto hacía un montón de cosas que me iban dando conocimientos que, a su vez, me abrían puertas laborales o pequeñas colaboraciones. Me empecé a enganchar a eso. Con las carreras siempre me pasaba lo mismo: me apasionaba una parte y la otra me horrorizaba. En Sociología disfrutaba muchísimo, pero luego estaban Estadística o Economía, que no había manera de sacar adelante. Tenía un expediente de notables y matrículas de honor mezclados con suspensos imposibles. Al final entendí que necesitaba elegir cosas que me gustaran más y fueran más concentradas en el tiempo para dedicarme de lleno a lo que sí me interesaba.

I:

Tu formación ocurre tanto en aulas como en centros sociales. ¿Qué te enseñó la militancia que ninguna institución académica podía darte?

S:

La gente. Soy un monstruo social. Mi familia es muy pequeña: soy hija única, sobrina única, nieta única. He tenido que construirme una familia fuera, y eso lo he hecho a través de amigos y también del trabajo. La militancia me enseñó a hacer comunidad, a convivir en equipo más que a “trabajar” en equipo. Aprendí a hablar en público, a contar un proyecto comunitario de forma que interesara, a charlar con todo tipo de personas. He tenido que explicar un realojo a vecinos que iban a ser desahuciados y, al mismo tiempo, sentarme con la administración para negociar ese realojo. Esa capacidad de traducir y de moverme entre mundos distintos la aplico constantemente en lo profesional.

I:

¿Se está resignificando lo comunitario en la era digital?

S:

Ahora cuesta más movilizar, se nota que ha habido años de desconexión. Antes convocabas una reunión en el polideportivo del barrio y venía un montón de gente; ahora arrancar está tomando más esfuerzos. La implicación está más parcelada: los mayores se preocupan de las pensiones, los jóvenes de la vivienda, los sanitarios de la salud pública… Me surge la duda de si es generacional o si bien se ha perdido aquella explosión del delegar. Curiosamente, todo lo que ocurre fuera de las pantallas, como el puerta a puerta, funciona mejor que nunca. La gente agradece que alguien se plante delante de su casa y escuche.

I:

Autogestión, partidos políticos, ayuntamiento, ministerio: has trabajado en contextos muy distintos. ¿Qué permanece cuando todo lo demás cambia?

S:

Quizá es conservador decirlo así: la comunidad. No la familia de sangre, sino la que eliges. Tengo un grupo de amigos desde los doce años (algunos incluso desde los tres) y seguimos viéndonos, hacemos dos viajes al año y mantenemos una cotidianidad. Cuando estuve completamente absorbida por el trabajo, durante los primeros años de Podemos, me di cuenta de algo: podía pasar todo y, al volver, era como si los hubiera visto ayer.

“Si te soy sincera, lo mejor que puede pasarle a una campaña es que genere un titular. Bueno o malo. Si genera conversación, existe.”

I:

Viviste procesos creativos con muy pocos recursos y mucha urgencia. ¿Qué te enseñó esa etapa sobre el valor real del diseño?

S:

Vivirlo casi desde cero fue un privilegio. Éramos tan vírgenes en términos de comunicación que nos atrevíamos a todo. Si funcionaba, seguías tirando del hilo; si no, probabas otra cosa. Parte de la frescura de aquella etapa tuvo que ver con eso, con no tener miedo. Luego la prudencia excesiva. Ahí se pierden oportunidades. Las chapas de “Perra Sanxe”, por ejemplo: alguien decidió hacerlo. Si no funcionaba, eran 3.000 chapas en un cajón. Pero funcionó.

I:

La publicidad institucional suele moverse entre el miedo y la corrección. ¿Cómo se defiende una idea arriesgada dentro de una estructura pública? ¿Por qué es crucial ser perseverante?

S:

Es complicado porque la administración pública no está pensada para trabajar con diseño. No es una cuestión de mala voluntad funcionarial; es que la contratación pública no tiene un hueco claro para esto. Hay que generarlo usando los mecanismos que existen: acuerdos marco, contratos específicos… siempre con garantías jurídicas. Hay reticencia a trabajar con agencias de comunicación. Normalmente marca más la línea la autoridad jerárquica que la competente. Y ahí mi papel es traducir: convencer a la administración de que confíe en la agencia y explicar a la agencia los límites reales de la administración. El idioma del diseño le cuesta mucho a lo público. Mi trabajo es mediar y contener expectativas.

I:

En campañas recientes has apostado por propuestas poco evidentes, incluso incómodas. ¿Qué te hace confiar en una idea cuando no es la opción más fácil?

S:

Viví una etapa en el Ayuntamiento en la que vi lo que el diseño podía hacer de verdad. Después de eso, cuesta conformarse. Siempre puedes hacer menos, pero si tienes margen para hacer una campaña con luz y con relato, ¿por qué no hacerlo? Ahora estoy trabajando, por ejemplo, el 1 de mayo, que nunca se había comunicado desde el Ministerio. Me gustaría que este mandato construyera un relato propio alrededor de esa fecha. Creo que lo que funciona es salir ligeramente de lo que la gente espera. Y, si te soy sincera, lo mejor que puede pasarle a una campaña es que genere un titular. Bueno o malo. Si genera conversación, existe.

I:

En tu trabajo colaboras estrechamente con estudios creativos externos. ¿Qué buscas en una colaboración para que funcione de verdad?

S:

Parte de mi trabajo es rastrear agencias. Tengo una pequeña base de datos a la que acudir según el encargo. Busco especialización y profesionalización, algo que la administración no siempre ha cuidado. También intento fijar un método: se presentan varias ideas, se elige una y se avanza sin volver atrás. En diseño no puedes trabajar como si fuera un informe administrativo. 

I:

En campañas como Falsos autónomos o Inspección de Trabajo, el riesgo no estaba solo en el mensaje, sino en la forma. ¿Qué papel juega la confianza mutua en ese tipo de procesos? ¿Cómo ha sido trabajar con Atipus?

S:

Conocía a Atipus del Ayuntamiento. Ya entonces veía cómo trabajaban. Fueron campañas que necesitaban un concepto sólido, no solo una imagen. En la administración muchas veces se piensa en “dibujitos”. Aquí lo tipográfico era clave: era supervisual, leías el banner casi sin querer si das con él hojeando el periódico. Mi papel fue facilitar la relación, porque no siempre hay experiencia trabajando con agencias. Traducir, acompañar, dar confianza. Trabajar con Atipus ha sido una garantía. Nos hemos entendido muy bien. Es una relación generosa.

I:

¿Qué hemos entendido mal sobre la comunicación institucional hoy?

S:

No se le puede achacar a la sociedad. La institución debe tener vocación de servicio público y vocación de contarlo. En un ayuntamiento es más fácil: puedes construir un relato de ciudad. Cuando eso ocurre, la ciudadanía se identifica, incluso siente pertenencia. A nivel estatal es más complejo construir un relato de país, pero sí puedes generar identificación con el servicio público. Eso no pasa solo por invertir más dinero, sino por revisar contratación, concursos, acuerdos marco y por valorar de verdad el diseño como herramienta de implicación.

I:

Deriva o reacción: ¿qué margen real tienen hoy las instituciones para reconectar con una ciudadanía desencantada?

S:

Todo. Si con la misma ley de contratación en 2015 se pudo hacer lo que se hizo, hoy también se puede. El problema es que no puede depender solo de la voluntad política de un mandato. Hace falta profesionalizar y consolidar equipos especializados en publicidad y diseño dentro de la institución. Si no, cada cambio de gobierno lo resetea todo.

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